Cuentos de la Vida ¿real? Las herencias malditas y los cuentos de terror

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Tenía pocos años pero muchas necesidades cuando descubrí las herencias malditas. Con 12 años, el cuerpo cambiando, las hormonas agitadas y muchas ideas en la cabeza, en algún momento comprendí que muchas de las cosas que yo creía no eran mías. Eran la herencia que mis padres me habían pasado, que a su vez habían recibido de los suyos, y los suyos de los suyos, y así, hasta el principio de los días.

Las llamé herencias malditas, no porque necesariamente fueran malas, sino porque se nos heredan sin preguntarnos si las queremos o no (y tal vez porque había visto alguna que otra pelicula de la época de oro del cine Mexicano, donde el drama nunca es demasiado). Las aprendemos, las aceptamos, las vivimos y lo peor, las pasamos a nuestros hijos; no sin antes adquirir algunas otras de nuestros maestros, amigos y de nuestras parejas. Así, poco a poco cada generación va acumulando herencias que se vuelven la base de nuestra sociedad. Las reglas y creencias que hemos de seguir para “prosperar”:

Las niñas usan rosa, los niños azul, check

Hay que ir a una buena escuela y estudiar una buena carrera, check

Hay que tener un buen trabajo para vivir bien, check

Hay que trabajar duro para conseguir un buen puesto, check

Hay que hacerse la difícil para que te valoren, check

Hay que dar bolo en los bautizos, check

Los tatuajes no se ven bien en los trabajos serios, check

(Síguele sumando con toda confianza 😉 )

En esa época me dediqué varios días a analizar a mis papás y a sus papás (que eran los que conocía), pude entender de dónde venían algunos conceptos y creencias que a mí, mis papas, me decían todo el tiempo. Descubrí que había unas herencias malditas buenas que quería mantener, como el amor por la danza de mi mamá o de mi papá por los libros y museos. También aprendí que hay herencias malditas malas, como la creencia de que hay colores de piel mejores que otros, como es que cierto comportamiento es de “nacos”, o como que el tamaño de mis caderas era demasiado grande.

Recuerdo haber sido una niña feliz pero solitaria. Hija de una generación de padres trabajadores que se iban temprano y llegaban tarde a casa. Recuerdo haber sido reflexiva, tanto que a los escasos 6 años empecé a escribir un poema: “La vida es solo un sueño, que cuando mueres se acaba”. Nunca lo terminé, (o tal vez así era desde el principio). Recuerdo días enteros sola en mi cuarto de adolescente pensando por qué el color de mi piel no era correcto, por qué mi pelo era demasiado lacio, demasiado rojo. Por qué mi tía le decía a la gente, “ya está mejorando bastantito porque antes era más feita”. Por qué parecía que no era como “debía ser”. Fue así como a muy temprana edad aprendí que “no era suficiente”.

sufrimiento

Me hice a la idea de que debía ser perfecta. Si lo lograba seguro la gente que quería me querría. Seguro así, se quedarían; seguro así, ya no me sentiría sola; seguro así, sería feliz.

La vida pasó, aprendí, desaprendí, reí y lloré. Lloré mucho, porque a pesar de que mi vida siempre ha sido perfecta y maravillosa siempre tenía en mí este vacío. “No logro ser perfecta, por eso no me quieren, porque no lo merezco y no soy suficiente, por eso me dejan y me abandonan, por eso estoy sola”. No ser perfecta en una cabeza que tiene una muy vaga idea de la perfección mezcla de las películas, las revistas y varias generaciones confundidas es aterrador.

He de decir que en varios momentos de mi vida fui a terapia, a varios tipos de ellas, siempre dando mis explicaciones sobre las herencias malditas. Parecía entender algunas cosas y parecía olvidar otras. Seguí sonriendo, soñando y a veces recordando que estaba sola y que difícil me habían sido las cosas. Luego, de nuevo sonreía, le echaba “ganitas” y seguía, porque dentro de todo siempre he sido bastante “positiva”.

Como he dicho, siempre he sido muy afortunada, he conocido gente increíble, maestros, guías. Amigas de siempre, hermanos, papás, familia. Tuve un novio muy inteligente (con el cual nunca me sentí suficientemente inteligente) cuya familia me adoptó y me quiso cuando incluso yo misma no me quería tanto. Me casé y me descasé de un hombre guapo (para el que nunca me sentí suficientemente bonita) paciente y divertido igual de atormentado que yo, pero igualmente sediento por descubrir la verdad. Me enamoré del papá de mi hija (guapo e inteligente para el que no me sentía lo suficientemente joven guapa, inteligente, fuerte, valiente, etc.) con el que sigo casada desde entonces y al que llamé mi ventana desde el primer día porque siempre me dejó ver cosas que yo no conocía, y porque muchas veces sin saberlo se ha vuelto mi mejor guía. A todas estas personas he amado, y a todas estas personas he lastimado, porque mis herencias malditas de alguna forma u otra salieron a la superficie, tratando de llamar la atención. A veces gritando, no siempre de la mejor forma.

Pero hay algo que siempre se ha mantenido en este caminar mío, y es que siempre he sido muy curiosa. Siempre me han llamado la atención muchas cosas, siempre me ha gustado aprender. Gracias a esta curiosidad he leído e investigado mucho, he visto documentales y películas, he tomado cursos y diplomados. Me he encontrado a mí misma reflexionando sobre muchas cosas y aprendiendo sobre muchas otras. He conocido maestros con distintas posturas y he aprendido sobre los paradigmas. Aprendí de energía y de sanación, y me convencí a mí misma que hay otra forma posible de vivir y hacer las cosas. He investigado sobre creencias espirituales, siempre tratando de entender más, de descubrir más. Siempre con mi meta en la cabeza, “he de ser perfecta porque así me querrán”.

El tiempo siguió pasando, seguí aprendiendo algunas cosas y olvidando otras hasta que un día desperté en una ciudad diferente, sintiéndome sola, vacía y profundamente desdichada. Lloraba al despertar, al desayunar, al bañarme, al vestirme, manejando hacia el trabajo, en el trabajo. Me escondía en el baño para que no me vieran porque yo misma me daba pena, tan solo pensando: “que sola estoy, que sola me siento, me quiero ir a mi país, si tan solo fuera mejor, pero es que no me merezco nada, no soy lo suficientemente buena”.

sufrir

Pensaba que había dejado mi país (que me encanta) mi trabajo (que amaba) a mi familia (que me adora) a mis amigas (que me entienden) y ahí estaba sola, sola porque el trabajo de mi esposo hace que viaje todo el tiempo. Sola porque tengo que resolver como pueda las situaciones diarias, en mi trabajo, en la casa, con mi hija (porque claro que soy mamá soltera la mayoría del tiempo) Sola en mi trabajo porque no me valoran a pesar de que tengo años de experiencia, bla, bla, bla. En este cantar pasé días, semanas, sufriendo y haciendo sufrir a los que me rodean, preocupados por mi sentir.

Un día desperté, abrí los ojos y otra vez la cantaleta: “El día está horrible, frío y nevado y yo estoy sola, y sola tengo que desenterrar mi carro, y sola tengo que echarlo a andar porque claro que no arranca y sola…” Pero algo pasó, y pasó que por alguna extraña razón me escuché. Me escuché como si escuchara a alguien más, escuché mi queja, mi sufrir, el dolor. ¿Dolor? ¿en serio? Y entonces las piezas hicieron click en mi cabeza. Los libros, los textos, los cursos, el reiki, la meditación ¿qué pasa? ¿por qué mi cabeza me está diciendo estas cosas? Dejé de sentir (porque me di cuenta de que si dejo de pensar dejo de sentir) y empecé a escuchar con atención. ¿De dónde viene todo esto? ¿De dónde vienen estos pensamientos? ¿De aquella vez que tenía 5 años y mis papás se fueron a no sé dónde por única vez? ¿De mi tía que me decía que no parecía hija de mi papá? ¿De mi amiga que una vez muy enojada me dijo que ni mi mamá quería vivir conmigo? ¿De dónde?

¡Claro, de las herencias malditas! Esas herencias que no son más que historias y cuentos que alguien en algún momento inventó. No porque fuera malo sino porque así lo aprendió, y así me lo enseñó, y así lo estoy viviendo y así se lo estoy enseñando a ¡mi hija! ¡Nooooo! Pero si cuando tenía 12 años me hice la promesa de no pasarle las herencias malditas a mis hijos (solo tuve una). Pues ¡ya está!, aquí están, así se las paso a mi hija (que por suerte es tan lista que todavía no se las traga todas).

En ese momento hice un gran descubrimiento, el más grande de todos mis tiempos. Que todo esto que he contado hasta ahora, todo este texto que he escrito hasta este momento, todo lo que me he dicho, todo lo que me he creído y todo lo que he aceptado no es más que ¡una mentira!. Muchas mentiras en realidad. Nada es cierto, porque todo ha estado basado en ideas y suposiciones. Osea, que siempre me he sentido mal, siempre he sufrido, siempre he atacado por algo que ¡no es verdad!

mentiras

 Me di cuenta de que no importa dónde esté, que no importa que esté con quién esté, haciendo lo que sea siempre me sentiré sola porque el verdadero problema, ni fueron mis papás (que siempre me dieron y me han dado lo mejor que han podido y me han querido a rabiar) ni mi tía (que probablemente estaba atormentada por sus propias herencias malditas) ni mi amiga (que igual pasaba por un mal día), ni mi esposo (que me ha dado cuanto ha podido y se ha quedado conmigo aún en mis días de mayor furia), ni su trabajo, ni el lugar, ni la gente, ni el clima, ni el tráfico ¡Soy yo! Nadie más que yo y todos los cuentos y las historias que no solo me he contado sino que me he creído con mucha firmeza, y según yo, con mucha razón.

He empezado a escuchar mis historias, cada vez que me cacho contándome alguna de ellas me doy cuenta de otra, una más vieja. Y así, he podido comprobar que es cierto eso de que creer es crear, porque cuando me creo cosas horribles, siento y me pasan cosas horribles. Y cuando me creo cosas buenas, siento y me pasan cosas buenas. Me doy cuenta de que en verdad yo solita me invento mis historias.

Pienso que los seres humanos nos contamos muchas historias que nos hacen sufrir y que no son otra cosa más que eso, historias. Me he dado cuenta de que al igual que puedo contarme historias de vacío llenas de miedo, en las que me digo una y otra vez las cosas horribles que siempre me he dicho. También tengo el poder de contarme historias bondadosas que me hagan sentir mejor. Me he dado cuenta de que no hay nada ni nadie que me haga daño, sino que son mis pensamientos sobre ellos o las situaciones los que me hacen daño; y me he dado cuenta de que cuando logro sintonizarme en alegría, mi familia y mi entorno cambian de inmediato y todo se ve y se siente mejor.

No hay monstruos abajo de la cama, tan solo es nuestra imaginación creándolos, y la buena noticia es que podemos usar nuestra mente a nuestro favor para cambiar nuestros cuentos de terror. Podemos escuchar nuestros pensamientos, entender de dónde vienen, hablar con ellos, decirles que no necesitan decirnos cosas feas para llamar nuestra atención, que estamos aquí y podemos usar nuestra mente maravillosa para crear buenas historias.

Todos los seres humanos buscamos ser amados, pertenecer y ser reconocidos, pero no necesitamos buscar en ninguna parte más que dentro de nosotros mismos. Irónicamente queremos que alguien nos sane cuando nosotros mismos no hemos podido hacerlo.

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Creo que aprendemos a sufrir muy pronto, (o a creernos que sufrimos). Creo que caemos en la queja, en victimizarnos, en tirarnos al piso para que alguien nos recoja, y cuando eso no pasa porque nadie entiende (ni nosotros mismos) lo que sucede, nos enojamos y sacamos las espinas atacando a los más cercanos y entonces, sufrimos de nuevo. Pero ahora, también creo, que tenemos el poder de romper eso, de cambiarlo. Que no podemos controlar nada en el mundo más que nuestros pensamientos y que cuando somos buenos con nosotros somos buenos con todos. Queremos que nos amen en las buenas y en las malas, sin darnos cuenta que nosotros mismos no lo hacemos.

Yo por lo pronto ya me cansé de la sufridera tipo telenovela, ya me cansé de ver mis días grises, y ya me cansé de estar enojada con la gente que quiero, así que he decidido pintar mis días de muchos colores, hacerlos más nuevos y más alegres, porque me he dado cuenta de que el sufrimiento y la felicidad, ambos, son ¡una elección!

Y somos tan afortunados que ¡podemos elegir todos los días!

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