¡Qué difícil es eso de quererse!

¿Por qué será tan difícil aceptarnos y querernos tal cual somos?

Es una pregunta que escucho muchas veces. De las bocas de mis amigas, de conocidos, en las películas, en las canciones, en los libros, de mí misma. Vemos revistas, libros y artículos que nos hablan de la importancia de aceptarnos tal cual somos de tener una alta autoestima. Nos dicen que no querernos, no aceptarnos es el principio del desamor, de la depresión, de la soledad.

Esta es una pregunta que he tenido en la mente durante algún tiempo y me parece que hace algunos días fui testigo de la respuesta.

Estaba en un parque viendo a la gente mientras mi hija tenía un playdate con sus amigos. Mientras observaba, vi a una pareja que estaba disfrutando de un día de campo con sus 3 hijos. Un bebé como de 8 meses, un niño pequeño como de 3 – 4 y una niña como de 7 – 8 años (justo como mi hija). Me di cuenta de que los 3 niños tenían comportamientos muy distintos. Muchos me dirán: sí, se llaman etapas o madurez; pero no, era algo más, eran niveles de “domesticación”.

El bebé sonreía todo el tiempo, estaba contento, tan solo observando y riendo; era simple. El niño de 4 era perseguido por el papá. Subía, brincaba, bajaba mientras lo único que le decía su papá eran 2 palabras: no y cuidado. La niña de 8 se comportaba como una pequeña adulta; de piernitas cruzadas, traía bolsita de brillitos, las uñas pintadas y caminada de puntitas. En ese momento comprendí una cosa.

Cuando nacemos, nacemos felices, somos unos bebés sonrientes y sencillos que no entienden de problemas, la vida es sencilla. Comer, dormir, cagar, repetir. No pensamos nada y por ende no hay problema alguno. Cuando necesitamos algo lloramos, una vez la necesidad se cubre se acaba el problema. Conforme vamos creciendo nuestros padres que nos adoran, nos enseñan a “comportarnos”. Nos van “educando”, nos enseñan lo que debemos hacer o más bien lo que no debemos de hacer. No hablar fuerte, no llorar, no hacer berrinche, no comer con la boca abierta, no vestirnos con dos patrones distintos, no salir despeinados, no salir sin suéter, no trepar, no subirnos a la mesa, no brincar en la cama, no poner los codos en la mesa. Básicamente nos enseñan que lo que queremos hacer, es justo lo que no debemos hacer.

Así, conforme vamos creciendo vamos aprendiendo más cosas. No correr en los pasillos de la escuela, no gritar, no pararse en clase, no salirnos de la raya, no interrumpir a tus mayores. Aprendemos a seguir muchas reglas y muchas condiciones. Cuando llegamos a secundaria hemos comprendido que lo que somos no es cómo debemos ser, hemos sido domesticados. Educados de acuerdo con las normas y reglas que nuestra sociedad ha impuesto para nosotros y que hemos aprendido desde pequeños de aquellas personas que más nos aman en este mundo, porque ellos aprendieron así.

Más tarde vemos revistas, anuncios, películas que básicamente nos dicen cómo deberíamos ser. Nosotros, que para entonces ya hemos entendido que si nos quitamos la máscara que nos hemos puesto y nos mostramos tal cual somos no seremos aceptados, hacemos todo lo posible para cambiarnos lo que sea, lo que podamos, lo que aguantemos, pues desde el momento que nacimos aprendimos como NO debemos ser.

Tal vez después de esta reflexión no será tan difícil contestarnos porqué será tan difícil aceptarnos y queremos tal cual somos. ¿no crees?

¡No soy suficientemente Buena!

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Este fin de semana mi hija de 8 años fue parte de una competencia en la que representó a su escuela. Su equipo de 6 miembros (ella la más grande) trabajó varios meses en desarrollar la solución a un complejo problema que les fue asignado. Debían desarrollar un robot que aplaudiera, cantara, barriera y pateara una pelota. El equipo de 6,7 y 8 años se reunió varias veces a la semana, investigaron, probaron varias soluciones hasta que lograron que su robot hiciera todo lo que se les había pedido. ¡TODO! Debo decir que me impresionó ver cómo un grupo de niños tan pequeños eran capaces de hacer algo así, porque además una de las condiciones era que nunca recibieran ayuda de un adulto.

El día de competencia fue largo, llegamos a las 8:00am, los resultados se anunciaron a las 6:00pm. El equipo de mi hija fue el más joven de la división, en total compitieron 9 equipos en su problema, quedaron en quinto lugar. Los cuatro primeros lugares pasaron a la competencia estatal. Cuando los niños empezaron a pasar al frente a recibir sus medallas, el corazón de mi hija se empezó a encoger. Finalmente, no aguantó más y rompió en llanto. Un llanto profundo, de esos que duelen mucho. Al verla llorar su equipo lloró también. Tomó algún tiempo, mucha reflexión y plática que mi hija entendiera lo que había sucedido y que yo encontrará las palabras para consolarla. Mi corazón se fracturó cuando me dijo: Mamá, fracasé, ¡no soy suficientemente buena! (como dije tiene 8 años)

Hablamos del aprendizaje, de la experiencia, de lo importante, del esfuerzo. Me escuché a mí misma repitiendo el mismo guion que he escuchado muchas veces. Ese que usamos en estos casos y que hemos de repetir como hemos aprendido. Pero esa frase hizo eco en mi cabeza ¿Cuántas veces la escuchado? en mi boca, en la boca de otras personas. ¿Qué significa eso, de dónde viene? y a todo esto ¿qué significa realmente fracasar?

Me puse a reflexionar sobre algunas cosas que he venido pensando desde hace tiempo. Una de esas es la competencia.competencia-desleal

La base de nuestro sistema de creencias está fundamentado en la competencia. Desde pequeños, hemos aprendido a competir por atención, por ser el mejor en clase, por clasificar en el equipo de futbol, por el novio o novia, o por ganar algún trabajo. A veces empezamos con competencias “inocentes”, en nuestros juegos de niños, con nuestros hermanos para ver quién llega primero, quién es más rápido. Tenemos un sistema basado en competencia en las escuelas, que pronto nos enseña que somos un número con el que nos pueden calificar o con que debemos ser el primer lugar de nuestra clase.

Competimos con nuestras amigas para ver quién es la más guapa o popular, con los amigos a ver quién es el más fuerte o quién tiene el mejor coche, para finalmente competir en ver quién tiene la casa más grande o el mejor puesto. Todas estas ideas me han hecho preguntarme ¿para qué sirve la competencia? ¿Qué logramos realmente con ella?

images (3)Y es que nos han hecho creer que competir es nuestra naturaleza. Que el hombre es tribal y compite porque hemos de aplicar la ley del más fuerte. Hemos aprendido que la naturaleza compite, y que para valer algo hemos de ganar. Nada más lejos de la verdad, pues recientemente se han publicado estudios en los que se explica que la naturaleza nunca compite sino que coopera y colabora. ¡Pobre Darwin! se daría de tiros al ver lo mucho que hemos tergiversado sus teorías, pues al parecer lo que él quería explicar desde el principio era justo eso, que la naturaleza es un sistema que colabora.

En mi cabeza pienso que de nuevo hemos sido las marionetas de un cuento inventado por alguien para someternos, para domesticarnos, para hacer que nos ataquemos unos a otros haciéndonos pensar que, si no gano no podré sobrevivir en la selva de asfalto. Hemos seguido las reglas del juego sin pensar si en verdad es la mejor forma de jugar. Si en verdad estoy aprendiendo, si estoy siendo mejor ¿mejor cómo? ¿Cómo es que la competencia me convierte en mejor persona?

Algunos me podrán decir que es la forma en la que podemos mejorarnos, retarnos, hacer lo mejor para nosotros mismos. Algunos otros me dirán que es prepararnos para la vida real, porque en la vida hay que ser el mejor. A mi todo esto me parece parte del guion que hemos aprendido a repetir sin cuestionar. Un cuento viejo que por lo menos a mí, ya no me funciona porque me doy cuenta de que la competencia nos lleva a puntos tan extremos que nos alejamos de los que queremos y llegamos a matarnos por ella.competición

Este fin de semana, mientras observaba ésta dinámica pude percibir varias cosas:

-Primero, la competencia está diseñada para que uno solo gane (porque seamos honestos aunque ganemos el tercer o el segundo lugar no es suficiente) solamente uno, así que todos los demás serán perdedores, o sea que de nuestras sociedades ¿solo uno vale? De verdad, si lo pensamos un poco podemos a llegar a pensar que ¿eso es verdad?

-Dos, el sentimiento de los participantes es que queremos que el otro pierda. ¡Claro! porque queremos ganar, ¿no? O sea que aunque te quiera mucho, si quiero ganar lo que pienso es que tú debes perder, y como solo hay un ganador pues la mayoría de los sentimientos que hay en el ambiente son negativos.

-Tercero, eso de la sana competencia no es cierto, porque el competir nunca es sano. Crea sentimientos de frustración, enojo y resentimiento y ninguno de esos sentimientos en realidad es bueno ¿o sí?

-Cuarto, daña la autoestima y confunde la mente. Porque al igual que mi hija muchos pueden llegar a pensar que no son suficiente. Y es un tanto cierto porque la realidad muestra que no ganó, así que pareciera que tenemos las pruebas suficientes para creerlo. Con este pensamiento se cae en la trampa de un juego mental que puede sumergirte para siempre. Porque estamos cayendo en un juego inventado, en el que alguien como tú y yo decidió que la competencia es buena para la formación del ser humano, y nosotros decidimos creerlo.

– Quinto, creemos que es cierto, porque nos ayuda a lidiar con la frustración, nos ayuda a ser fuertes y nos ayuda a mejorarnos. Honestamente me pregunto si es ¿cierto eso? Me pregunto si de verdad nos vemos al espejo y nos decimos ¡Que bueno que reprobé el examen, que no me dieron el trabajo, que perdí la medalla, porque esto me hace muy fuerte!. ¿Cómo nos está haciendo fuertes exactamente? ¿Qué pensamientos y sentimientos están despertando en mí para hacerme más fuerte?

Me pregunto si los papás de la niña que ganó el segundo lugar en la “compe” de gimnasia están bien contentos con los papás de la niña que ganó el primero y le dicen: No importa que haya invertido miles de pesos en el entrenador personal, en verdad estoy bien contento de que no ganamos porque mi hija se está preparando para la vida. ¡Quiero que fracase siempre, que piense que no es suficiente porque así se esforzará hasta que lo sea!¿En serio, esa es la forma de forjar el carácter?

No, !no es así, confesemos, seamos honestos ¡ Nos duele y le echamos ojos de pistola a la niña, a la mamá y a la abuelita pensando que de seguro los jueces estaban miopes o que de seguro el papá que es algún asistente de político los compró.

Los únicos que en verdad pueden sentir alegría honesta en una situación así, son aquellas personas que han logrado abrir sus mentes, escapar del sueño, de los cuentos que se cuentan y que tienen un nivel superior de consciencia. Y ellos, no están en estas competencias. No, no van a esos lugares que están diseñados para dar una leve caricia a nuestro ego, para luego soltarnos en el mundo que nos hace sufrir porque efectivamente hemos aprendido que no somos lo suficientemente buenos.

Alguna vez, leí que la competencia es el principio de toda guerra. Cuando veo nuestro entorno, el sistema que nos hemos creado para vivir, nuestro sistema educativo, laboral, político, económico. Cuando escucho: “No soy suficientemente buena” en mi cabeza, me doy cuenta que es verdad. Porque no queremos que nadie nos gane porque pensamos que si ganamos entonces seremos especiales, queridos, aceptados ¡seremos buenos! Pero cuando esto no pasa nos sentimos infelices, frustrados, fracasados, porque no hemos logrado lo que se supone tenemos que ser: ¡LOS MEJORES! Cuando escucho mi cabeza me doy cuenta de que tengo una guerra interna, una guerra con todos los conceptos externos con los que he tratado de cumplir y no he podido. Porque no conseguí ganar la medalla en natación, ni el primer lugar en oratoria, ni el lugar en la Universidad, el trabajo que quería y además fracasé en mi matrimonio. Y entonces de verdad nos convencemos. No, no somos lo suficientemente buenos.

Hoy me preguntaron. Entonces ¿cómo lo harías? Si no es por competencia ¿cómo decidirías a quién apoyar si es que tienes recursos limitados, con una beca por ejemplo?. O ¿qué pasa cuando solamente hay un puesto de trabajo, cómo eliges?. La realidad es que ¡no lo sé! Yo también llevo muchos años sumergida en este cuento repitiendo los guiones que he aprendido muy bien. Pero , el algún momento me he empezado a preguntar algunas cosas y me doy cuenta que un sistema que nos crea tantos sentimientos negativos para con nosotros mismos y para con los demás no puede ser bueno. Y que lejos de unirnos nos separa, y es así como nuestros caminos se vuelven solitarios, porque la competencia es un camino de uno solo.

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Tal vez, si desde nuestros juegos de niños, nuestras relaciones, en vez de competir en verdad colaboráramos. Tal vez, si en vez de calificar en la escuela y premiar al “mejor ” encontráramos una forma de reforzar nuestros talentos. Tal vez, si dejara de pensar en que quiero ser mejor que tú, celebrara tus diferencias y las reconociera. Tal vez, si en verdad pudiera ver eso dejaría que verte como alguien que tengo vencer, para verte como un ser humano como yo, con virtudes y talentos, y seríamos una pieza más que tenemos que unir en el rompecabezas de la humanidad.

El ganar no nos hace mejores, porque no importa cuántas medallas tengamos colgadas en la pared, cuántos títulos universitarios o carros en nuestro garage, podemos sentirnos las personas más solitarias y  las más infelices. Porque la realidad es que nos inventamos una historia en la que es imposible ganar sin fallar.

Como dije, no tengo la respuesta, pero sí más preguntas. Muchas, tal vez si nos empezamos a preguntar podemos empezar a buscar otras respuestas y darnos cuenta que de verdad ni un papel, ni una medalla pueden definirnos.

Como sea y como siempre, esto no es más que un texto basado en mis propias reflexiones que no busca cambiar ningún otro pensamiento más que los míos, pues mi búsqueda tan solo se resume a crearme mejores historias para mí misma (y con un poco de suerte para mi hija). Historias en la que seamos más bondadosas y siempre seamos ¡más que suficiente!

Cuentos de la Vida ¿real? Las herencias malditas y los cuentos de terror

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Tenía pocos años pero muchas necesidades cuando descubrí las herencias malditas. Con 12 años, el cuerpo cambiando, las hormonas agitadas y muchas ideas en la cabeza, en algún momento comprendí que muchas de las cosas que yo creía no eran mías. Eran la herencia que mis padres me habían pasado, que a su vez habían recibido de los suyos, y los suyos de los suyos, y así, hasta el principio de los días.

Las llamé herencias malditas, no porque necesariamente fueran malas, sino porque se nos heredan sin preguntarnos si las queremos o no (y tal vez porque había visto alguna que otra pelicula de la época de oro del cine Mexicano, donde el drama nunca es demasiado). Las aprendemos, las aceptamos, las vivimos y lo peor, las pasamos a nuestros hijos; no sin antes adquirir algunas otras de nuestros maestros, amigos y de nuestras parejas. Así, poco a poco cada generación va acumulando herencias que se vuelven la base de nuestra sociedad. Las reglas y creencias que hemos de seguir para “prosperar”:

Las niñas usan rosa, los niños azul, check

Hay que ir a una buena escuela y estudiar una buena carrera, check

Hay que tener un buen trabajo para vivir bien, check

Hay que trabajar duro para conseguir un buen puesto, check

Hay que hacerse la difícil para que te valoren, check

Hay que dar bolo en los bautizos, check

Los tatuajes no se ven bien en los trabajos serios, check

(Síguele sumando con toda confianza 😉 )

En esa época me dediqué varios días a analizar a mis papás y a sus papás (que eran los que conocía), pude entender de dónde venían algunos conceptos y creencias que a mí, mis papas, me decían todo el tiempo. Descubrí que había unas herencias malditas buenas que quería mantener, como el amor por la danza de mi mamá o de mi papá por los libros y museos. También aprendí que hay herencias malditas malas, como la creencia de que hay colores de piel mejores que otros, como es que cierto comportamiento es de “nacos”, o como que el tamaño de mis caderas era demasiado grande.

Recuerdo haber sido una niña feliz pero solitaria. Hija de una generación de padres trabajadores que se iban temprano y llegaban tarde a casa. Recuerdo haber sido reflexiva, tanto que a los escasos 6 años empecé a escribir un poema: “La vida es solo un sueño, que cuando mueres se acaba”. Nunca lo terminé, (o tal vez así era desde el principio). Recuerdo días enteros sola en mi cuarto de adolescente pensando por qué el color de mi piel no era correcto, por qué mi pelo era demasiado lacio, demasiado rojo. Por qué mi tía le decía a la gente, “ya está mejorando bastantito porque antes era más feita”. Por qué parecía que no era como “debía ser”. Fue así como a muy temprana edad aprendí que “no era suficiente”.

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Me hice a la idea de que debía ser perfecta. Si lo lograba seguro la gente que quería me querría. Seguro así, se quedarían; seguro así, ya no me sentiría sola; seguro así, sería feliz.

La vida pasó, aprendí, desaprendí, reí y lloré. Lloré mucho, porque a pesar de que mi vida siempre ha sido perfecta y maravillosa siempre tenía en mí este vacío. “No logro ser perfecta, por eso no me quieren, porque no lo merezco y no soy suficiente, por eso me dejan y me abandonan, por eso estoy sola”. No ser perfecta en una cabeza que tiene una muy vaga idea de la perfección mezcla de las películas, las revistas y varias generaciones confundidas es aterrador.

He de decir que en varios momentos de mi vida fui a terapia, a varios tipos de ellas, siempre dando mis explicaciones sobre las herencias malditas. Parecía entender algunas cosas y parecía olvidar otras. Seguí sonriendo, soñando y a veces recordando que estaba sola y que difícil me habían sido las cosas. Luego, de nuevo sonreía, le echaba “ganitas” y seguía, porque dentro de todo siempre he sido bastante “positiva”.

Como he dicho, siempre he sido muy afortunada, he conocido gente increíble, maestros, guías. Amigas de siempre, hermanos, papás, familia. Tuve un novio muy inteligente (con el cual nunca me sentí suficientemente inteligente) cuya familia me adoptó y me quiso cuando incluso yo misma no me quería tanto. Me casé y me descasé de un hombre guapo (para el que nunca me sentí suficientemente bonita) paciente y divertido igual de atormentado que yo, pero igualmente sediento por descubrir la verdad. Me enamoré del papá de mi hija (guapo e inteligente para el que no me sentía lo suficientemente joven guapa, inteligente, fuerte, valiente, etc.) con el que sigo casada desde entonces y al que llamé mi ventana desde el primer día porque siempre me dejó ver cosas que yo no conocía, y porque muchas veces sin saberlo se ha vuelto mi mejor guía. A todas estas personas he amado, y a todas estas personas he lastimado, porque mis herencias malditas de alguna forma u otra salieron a la superficie, tratando de llamar la atención. A veces gritando, no siempre de la mejor forma.

Pero hay algo que siempre se ha mantenido en este caminar mío, y es que siempre he sido muy curiosa. Siempre me han llamado la atención muchas cosas, siempre me ha gustado aprender. Gracias a esta curiosidad he leído e investigado mucho, he visto documentales y películas, he tomado cursos y diplomados. Me he encontrado a mí misma reflexionando sobre muchas cosas y aprendiendo sobre muchas otras. He conocido maestros con distintas posturas y he aprendido sobre los paradigmas. Aprendí de energía y de sanación, y me convencí a mí misma que hay otra forma posible de vivir y hacer las cosas. He investigado sobre creencias espirituales, siempre tratando de entender más, de descubrir más. Siempre con mi meta en la cabeza, “he de ser perfecta porque así me querrán”.

El tiempo siguió pasando, seguí aprendiendo algunas cosas y olvidando otras hasta que un día desperté en una ciudad diferente, sintiéndome sola, vacía y profundamente desdichada. Lloraba al despertar, al desayunar, al bañarme, al vestirme, manejando hacia el trabajo, en el trabajo. Me escondía en el baño para que no me vieran porque yo misma me daba pena, tan solo pensando: “que sola estoy, que sola me siento, me quiero ir a mi país, si tan solo fuera mejor, pero es que no me merezco nada, no soy lo suficientemente buena”.

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Pensaba que había dejado mi país (que me encanta) mi trabajo (que amaba) a mi familia (que me adora) a mis amigas (que me entienden) y ahí estaba sola, sola porque el trabajo de mi esposo hace que viaje todo el tiempo. Sola porque tengo que resolver como pueda las situaciones diarias, en mi trabajo, en la casa, con mi hija (porque claro que soy mamá soltera la mayoría del tiempo) Sola en mi trabajo porque no me valoran a pesar de que tengo años de experiencia, bla, bla, bla. En este cantar pasé días, semanas, sufriendo y haciendo sufrir a los que me rodean, preocupados por mi sentir.

Un día desperté, abrí los ojos y otra vez la cantaleta: “El día está horrible, frío y nevado y yo estoy sola, y sola tengo que desenterrar mi carro, y sola tengo que echarlo a andar porque claro que no arranca y sola…” Pero algo pasó, y pasó que por alguna extraña razón me escuché. Me escuché como si escuchara a alguien más, escuché mi queja, mi sufrir, el dolor. ¿Dolor? ¿en serio? Y entonces las piezas hicieron click en mi cabeza. Los libros, los textos, los cursos, el reiki, la meditación ¿qué pasa? ¿por qué mi cabeza me está diciendo estas cosas? Dejé de sentir (porque me di cuenta de que si dejo de pensar dejo de sentir) y empecé a escuchar con atención. ¿De dónde viene todo esto? ¿De dónde vienen estos pensamientos? ¿De aquella vez que tenía 5 años y mis papás se fueron a no sé dónde por única vez? ¿De mi tía que me decía que no parecía hija de mi papá? ¿De mi amiga que una vez muy enojada me dijo que ni mi mamá quería vivir conmigo? ¿De dónde?

¡Claro, de las herencias malditas! Esas herencias que no son más que historias y cuentos que alguien en algún momento inventó. No porque fuera malo sino porque así lo aprendió, y así me lo enseñó, y así lo estoy viviendo y así se lo estoy enseñando a ¡mi hija! ¡Nooooo! Pero si cuando tenía 12 años me hice la promesa de no pasarle las herencias malditas a mis hijos (solo tuve una). Pues ¡ya está!, aquí están, así se las paso a mi hija (que por suerte es tan lista que todavía no se las traga todas).

En ese momento hice un gran descubrimiento, el más grande de todos mis tiempos. Que todo esto que he contado hasta ahora, todo este texto que he escrito hasta este momento, todo lo que me he dicho, todo lo que me he creído y todo lo que he aceptado no es más que ¡una mentira!. Muchas mentiras en realidad. Nada es cierto, porque todo ha estado basado en ideas y suposiciones. Osea, que siempre me he sentido mal, siempre he sufrido, siempre he atacado por algo que ¡no es verdad!

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 Me di cuenta de que no importa dónde esté, que no importa que esté con quién esté, haciendo lo que sea siempre me sentiré sola porque el verdadero problema, ni fueron mis papás (que siempre me dieron y me han dado lo mejor que han podido y me han querido a rabiar) ni mi tía (que probablemente estaba atormentada por sus propias herencias malditas) ni mi amiga (que igual pasaba por un mal día), ni mi esposo (que me ha dado cuanto ha podido y se ha quedado conmigo aún en mis días de mayor furia), ni su trabajo, ni el lugar, ni la gente, ni el clima, ni el tráfico ¡Soy yo! Nadie más que yo y todos los cuentos y las historias que no solo me he contado sino que me he creído con mucha firmeza, y según yo, con mucha razón.

He empezado a escuchar mis historias, cada vez que me cacho contándome alguna de ellas me doy cuenta de otra, una más vieja. Y así, he podido comprobar que es cierto eso de que creer es crear, porque cuando me creo cosas horribles, siento y me pasan cosas horribles. Y cuando me creo cosas buenas, siento y me pasan cosas buenas. Me doy cuenta de que en verdad yo solita me invento mis historias.

Pienso que los seres humanos nos contamos muchas historias que nos hacen sufrir y que no son otra cosa más que eso, historias. Me he dado cuenta de que al igual que puedo contarme historias de vacío llenas de miedo, en las que me digo una y otra vez las cosas horribles que siempre me he dicho. También tengo el poder de contarme historias bondadosas que me hagan sentir mejor. Me he dado cuenta de que no hay nada ni nadie que me haga daño, sino que son mis pensamientos sobre ellos o las situaciones los que me hacen daño; y me he dado cuenta de que cuando logro sintonizarme en alegría, mi familia y mi entorno cambian de inmediato y todo se ve y se siente mejor.

No hay monstruos abajo de la cama, tan solo es nuestra imaginación creándolos, y la buena noticia es que podemos usar nuestra mente a nuestro favor para cambiar nuestros cuentos de terror. Podemos escuchar nuestros pensamientos, entender de dónde vienen, hablar con ellos, decirles que no necesitan decirnos cosas feas para llamar nuestra atención, que estamos aquí y podemos usar nuestra mente maravillosa para crear buenas historias.

Todos los seres humanos buscamos ser amados, pertenecer y ser reconocidos, pero no necesitamos buscar en ninguna parte más que dentro de nosotros mismos. Irónicamente queremos que alguien nos sane cuando nosotros mismos no hemos podido hacerlo.

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Creo que aprendemos a sufrir muy pronto, (o a creernos que sufrimos). Creo que caemos en la queja, en victimizarnos, en tirarnos al piso para que alguien nos recoja, y cuando eso no pasa porque nadie entiende (ni nosotros mismos) lo que sucede, nos enojamos y sacamos las espinas atacando a los más cercanos y entonces, sufrimos de nuevo. Pero ahora, también creo, que tenemos el poder de romper eso, de cambiarlo. Que no podemos controlar nada en el mundo más que nuestros pensamientos y que cuando somos buenos con nosotros somos buenos con todos. Queremos que nos amen en las buenas y en las malas, sin darnos cuenta que nosotros mismos no lo hacemos.

Yo por lo pronto ya me cansé de la sufridera tipo telenovela, ya me cansé de ver mis días grises, y ya me cansé de estar enojada con la gente que quiero, así que he decidido pintar mis días de muchos colores, hacerlos más nuevos y más alegres, porque me he dado cuenta de que el sufrimiento y la felicidad, ambos, son ¡una elección!

Y somos tan afortunados que ¡podemos elegir todos los días!

La casa en la playa

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Cling, clang, cling, clang,

siento el aire en la cara.

Cling, clang, cling, clang,

vuelo por las nubes como un pájaro.

Cling, clang, cling, clang, cling, clang…

– Ya levántate de esa hamaca, dice mi primo José al entrar corriendo a la habitación. Ya ven y ayúdame a bajar unas cajas del clóset que abuelo nos va a enseñar a hacer papagayos.

– ¿Y por qué no subes tú?, le pregunto. Siempre quieres que haga lo que tú dices.

– Primero, porque yo soy más grande. Y segundo, porque yo te voy a detener el banquito para que no te caigas.

Con un poco de hastío por la interrupción, pero emocionada por hacer papagayos, me bajo de la hamaca y me subo al banquito que mi primo José detiene. Me estiro lo más posible para alcanzar la caja que esta hasta atrás cuando siento un intenso ardor en las piernas. El banco se mueve del sobresalto que me da el susto y el dolor y grito como loca: ¡mamaaá, mamaaaaaaaaaá!

Entra mi mamá corriendo al cuarto con su reconocida pregunta: ¿Qué pasó ahora?

– ¡José me clavo los dientes de esa mandíbula de tiburón en las piernas!

– ¡Que niño del demonio eres, José! ¿Cómo te atreves a lastimar a tu prima? ¿Qué no ves que está chica?, dice mi Chichí, quien se dispone a ponerme limón en las heridas. Mi Chichí usa limón para todo, ella asegura que es la mejor arma secreta para curarlo todo.

– ¡ Ay, ay !, grito cuando las gotas ácidas del limón me entran en los múltiples huecos que dejaron los dientes en mis piernas. ¡Ay, ay me duele!

– ¡Ya deja de reírte, chiquito!, le dice mi Chichí a mi primo, que esto no tiene nada de chistoso. ¡No podrás ir a la playa con tus primos a volar papagayos!

– ¡Pero Chichi!, grita José mientras su mamá se lo lleva a rastras de castigo a un rincón.

Después de un rato de descanso me siento mejor y decido ir con abuelo al porche donde está sentado en su mecedora blanca. Hay una mesa llena de palitos de madera, hilo y papel de china de muchos colores. Mis primos están sentados alrededor del abuelo. Cortan papel y enredan el hilo en los palitos. Mi abuelo parece concentrado dando indicaciones: lo más importante es que pongan bien el frenillo, sino no vuela derecho, nos dice con mucha convicción.

Me encuentro muy concentrada cortando papel cuando mi Chichí llega con un poco más de engrudo tibiecito que todavía mantiene el calor de la estufa. Me gusta el olor. ¿Sabrá rico?, me pregunto. Chichí parece adivinar mis pensamientos y me dice: ¡ni se te ocurra probarlo niña, que de seguro te salen gusanos en la panza!

Sentada en el piso pienso que mi papalote será azul como el cielo y bailará con el viento. Estoy tan contenta haciendo mi papalote que no me doy cuenta cuando mi primo José se sienta junto a mí y con su sonrisita traviesa me pregunta: ¿ya no te duele, chillona?

– ¡Ya déjame en paz! estoy haciendo mi papalote; sino le digo a mi tía que te castigue otra vez.

– ¡Ay ya, si no es para tanto! Además, se dice papagayo, no papalote, ¡huach! Sin dejar de reír, se concentra en hacer su papagayo rojo.

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Después de una hora de arduo trabajo, mis primos y yo estamos con los papagayos en la mano, listos para volarlos en la playa. Pero mi tía Gilda nos dice que no podemos salir si no hemos almorzado.

Todos alborotados nos sentamos en la mesa a comer lo más rápido posible el frijol con puerco que nos ha preparado. Nos atiborramos los frijoles y las tortillas, y casi nos atragantamos con el agua de horchata, pero estamos listos en un dos por tres.

¡Ya, ya!, gritamos todos a coro. ¡Queremos ir a volar los papagayos!

Esperen un momento chiquitos, dice mi tío Joaquín. Aprovecharemos para jugar también a la pelota. Agarra el bate y las pelotas y decide llevarse a los primos más grandes mientras mi mamá y mi abuelo nos llevan a mí, a mi hermanito y a mis primos más pequeños a volar papagayos. José, un tanto indeciso, decide hacer las dos cosas, pues, según él, es el mejor pelotero del equipo.

Una vez en la playa nos disponemos a volar los papagayos. Pero abuelo quiere darnos el ejemplo. Tan alto como es, se estira para soltar el hilo y con mucha habilidad da dos tironcitos y lo levanta en el aire. Su papagayo es un pentágono amarillo con la cola llena de colores. Lo veo a la distancia, de pronto me parece un gigante con sombrero de plata. Por un momento veo a mi mamá mirarle y me la imagino de niña corriendo y jugando con él en la playa.

Escucho a mis primos reír, los veo correr rápido de base en base para no quemarse los pies con la arena caliente. Los papagayos iluminan el cielo, mi hermano corre tras de mi tratando de alcanzar mi papagayo azul y mi mamá se sienta tranquila a mirar el mar, con abuelo junto a ella. Por un momento detengo la escena. Click, guardo este momento en mi memoria.

Poco a poco el sol se va, el cielo se torna naranja y violeta cuando mamá nos dice que ya es hora de irnos porque ya va a enfriar. Mi hermano camina con pasos cortitos y rápidos tras ella con su cubeta llena de conchitas y caracoles. Mis primos corren como locos, pues cada uno quiere llegar primero a la mesa para merendar pam francés con mantequilla y azúcar y soldaditos de chocolate. Yo me quedo hasta atrás, caminando lento con abuelo.3824391066_76362e037c_b

Ya casi llegando a casa me pregunta si la he pasado bien en este mes, si he disfrutado de la playa y que si ya estoy lista para regresar a casa con papá en la Ciudad. Le digo que no, que me gusta más la playa aunque todo el tiempo me moleste mi primo José. De repente lo veo cansado, ya no lo veo tan gigante como hace un rato, tan solo siento su mano en la mía. Eso sí, con su sombrero de plata.

Al llegar me tomo despacio mi soldadito de chocolate. Nada como terminar un día con un chocolatito bien frio. Ya no me duelen las piernas, tan solo siento la cara tostada por el sol y el cuerpo cansado de tanta emoción.

Cling, clang, siento el viento en mi cara.

Cling, clang, vuelo como una nube.

Cling, clang, poco a poco me voy arrullando con el vaivén de la hamaca, cierro los ojos y pienso que las vacaciones en la Chicxulub son sin duda las mejores que puede haber.

Carla Gamboa

Marzo 2016

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Definiciones:

Papagayo= papalote, cometa, chiringa.

Chichí = Abuelita en maya.

Porche= Viene de Porch en inglés, espacio exterior cubierto que hay a la entrada de algunas casas o edificios.

Engrudo= Masa espesa y pegajosa hecha de harina o almidón cocidos en agua y que sirve para pegar papel, tela y otros materiales ligeros.

Huach= Del Maya, persona foránea (comúnmente empleado a personas de la capital del país)

Frijol con Puerco= Platillo típico Yucateco hecho con frijol y puerco se acompaña de salsas, aguacate, cilantro y rábanos.

Juego de pelota= Baseball.

Bate= Bat, palo de madera con el que se juega baseball.

Pelotero= Jugador de baseball.

Pam francés= Pan francés, tipo bolillo.

Soldadito de chocolate= Bebida de chocolate embotellada.

Chicxulub= Playa en Yucatán situada a 20 minutos de Merida donde se dice cayó el meterorito que extinguió a los dinosaurios.

Princesa Jaguar

Introducción:

En Junio de 2015, mi hija de 6 años y yo fuimos a Palenque, Zona Arqueológica Maya en el Estado de Chiapas, en México. Llevaba ya bastante tiempo diciéndome que “tenía” que ir a Palenque, así que juntando algo de dinero y de tiempo, la llevé. En el momento en el que llegamos me dijo que ella ya había estado ahí, hacía mucho tiempo.

Este cuento se ha inspirado en gran parte en la historia que me contó aquel día. Su narración tenía datos muy específicos que más tarde pude corroborar como correctos, y que, para efectos del cuento, complementé con algunos otros. Aquí su historia:

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La Princesa Jaguar

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Esta mañana me desperté antes de que saliera el sol, me puse mi sáabukan, tomé mi tirahule y me fui con Sak Balám a buscar las plantas que me pidió mi chiich. Llovía mucho, tal parece que Chaac había hecho de las suyas. Todo estaba muy borroso y no podía distinguir bien las plantas que necesitaba, me resbalé un par de veces en los charcos, pero yo tenía que correr, pues era urgente que regresara con esas plantas, ya que anoche Kaan ek mordió a uno de nuestros guerreros.

Yo me apuré lo más que pude, corrí y trepé por los árboles, hasta que encontré lo que buscaba. Regresé justo a tiempo para que mi chiich preparara sus menjurjes y curara al guerrero Tunkuluchuj. Él, agradecido por mi ayuda, me regaló las dos plumas más hermosas que tenía para mi penacho.

Yo soy la mejor Kax’an de mi tribu, muchos no quieren ir a la selva porque le tienen miedo a los Aluxes, pero los Aluxes son mágicos. Son los guardianes de la naturaleza y son mis amigos. No son malos, lo que pasa es que son muy juguetones y a veces te hacen travesuras, pero yo soy muy valiente. Además, siempre les llevo dulces que hago con miel para hacerles ofrendas y para que siempre estén muy contentos.

Mi chiich siempre confía en mí, dice que soy muy xux. Ella es la mejor curandera, es nuestra X´men, y todos acuden a ella cuando necesitan que los curen o que les ayuden a hablar con los Dioses. Yo siempre le ayudo a preparar agua de Chaay para los visitantes. Pero lo que a mí más me gusta es preparar el Chucu’a, una bebida espesa en la que usamos el honguito del maíz mezclado con cacao. Algunos en la tribu la toman para refrescarse un poco en días de mucho calor, pero mi chiich y yo la usamos para varias cosas. A los niños les cura los empachos, y se las damos a las señoras que van a tener a sus bebés. A mí lo que más me gusta es el shish, pues al agitar la bebida se mezcla  y sabe más rico.

Después de ayudar a mi chiich decidí salir a jugar con Sak Balam, mi jaguar blanco bebé. Su mamá, una jaguar negra, lo abandonó en la selva cuando lo vio blanco como la luna. Toda su familia se sorprendió, pues nunca habían visto a un jaguar blanco y decidieron que lo mejor era abandonarlo, pues podía poner en riesgo a la manada de jaguares negros. Por suerte yo lo encontré, lo cuidé y lo alimenté porque ya estaba muy flaco. Se ha convertido en mi mejor amigo, hacemos todo juntos y siempre me ayuda, siempre huele las plantas que necesitamos antes que yo.

Mi papá es el señor de la tribu, el gran señor Chicann’a. Pero a pesar de ser la hija del jefe de la tribu, a mí me gusta vivir con mi chiich. En casa, vivimos Sak Balam, mi chichí y yo. No tengo hermanos ni muchos amigos, pero nunca me siento sola porque en la selva todos los animales son mis amigos.

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Zona arqueologica Chicanna, Campeche

El día que cumplí mi sexta vuelta al sol, mi papá me regaló un par de brazaletes de serpiente, eran dorados y brillosos como el maíz, me sentí muy contenta y desde entonces los uso todos los días. Papá dice que es el símbolo de nuestro pueblo y que debo sentirme orgullosa de tenerlos.

Ese día también me regaló un macquech, dice tiene el espíritu de un hombre enamorado. Dice que debo cuidarlo siempre y darle mucha maderita para que coma bien. Yo siempre lo suelto un ratito en casa para que se sienta libre y juegue en la tierra.

También dice que debo ir a las clases que da mi chiich y a la que van los otros niños de la aldea, pero yo prefiero irme a jugar a la selva. Nadar en los cenotes, trepar en las Ceibas y jugar con las iguanas. Algunos piensan que son salvajes, pero lo que pasa es que se asustan, por eso debes acercarte con mucho cuidado.

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Hace algunas lunas fuimos a Bàak la gran Ciudad de las pirámides que nadie construyó, donde reina el gran Señor K’inich Janaab’ Pakal y se venera al gran Dios k’ukulk’an. Esas pirámides sí que son grades, mucho más grandes que las que tenemos aquí, y hay muchas más personas, demasiadas, a veces me asusto un poco al ver a tantas personas.

En la gran Ciudad siempre pasan muchas cosas: todas las tardes hay danzas y juego del pok ta pok. Un día me sentí muy abrumada y me escapé al cenote a nadar. Estaba yo muy tranquila escuchando a los grillos cantar, cuando se me apareció la Diosa Ixchel. Ella me dijo que debía ir a las clases con los demás niños de mi aldea. Yo le dije que yo aprendo todo de la naturaleza y que no necesito saber más. Te equivocas me dijo, si vas a las clases, eres humilde y aprendes de los demás, te convertirás en una gran sanadora y todo tu conocimiento servirá para las siguientes generaciones. Me dijo que yo era la Princesa Jaguar, que sería una figura importante para mi pueblo y que lo que yo aprendiera sería de gran utilidad.

Después de estar unos días como invitados en la gran Ciudad, regresamos a casa. El viaje fue largo y cansado pero me divertí mucho escuchando aullar a los monos. Es bueno que Sak Balam esté siempre conmigo pues así los asusta y no nos hacen pipí en el camino.

c03c6ed42f9332fbb0587b275042da18Trajimos muchos regalos pero yo no necesito tanto, solamente me quedé con un poop para cambiar el que tengo en casa porque ya está muy usado y una luuch para guardar el agua de Sak Balam.

Por la noche me fui a la selva, era noche de luna llena. Me trepé en la Ceiba más alta y me quedé mirando las estrellas, preguntándome dónde estaba antes de llegar aquí. Muchas veces me hago la misma pregunta, tal vez algún día La Diosa Ixchel me ayude a contestarla.

Carla Gamboa

Marzo, 2016

 

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No, no celebro a las mujeres en el Día Internacional de la Mujer

Hoy es el Día Internacional de la Mujer. Ese día en el que nos felicitan, nos llenan nuestro muro de Facebook de imágenes hermosas, nuestro celular de mensajitos y cadenas, y vemos videos por las redes sociales hablando de lo maravillosas que somos y hemos sido las mujeres. Con un poco de suerte, tal vez hasta nuestro marido nos de una rosa.

Yo misma, cada año, he enviado felicitaciones, he mandado mensajes he hecho llamadas. Pero hoy, algo pasó; y lo que pasó es que me sentí confundida, muy confundida.

Y es que me pregunté ¿qué es lo que hay que felicitarle a las mujeres? ¿Qué es lo que hay que justificar en este día? ¿Nuestro sacrificio y abnegación acaso? Y es así, como llegué a la conclusión que para mí, este día, no es más que una muestra de la desigualdad en la que vivimos.

Recordamos a aquellas mujeres que con valentía lucharon y murieron por lo que consideraban justo. Levantamos la voz a la humanidad, para recordarles que aquí estamos y que merecemos respeto. Que merecemos respeto para nuestras ideas, para nuestros cuerpos, para nuestros sueños. Y así, en este día seguimos recordando el miedo que nos da darnos cuenta que ¡NO somos iguales!

 

No somos iguales, porque aún somos secuestradas por las voces de aquellos hombres que se sienten con libertad de gritarnos “piropos” por las calles, que se sienten con permiso de darnos una nalgada en el metro. Somos secuestradas, al enseñarles a nuestras niñas que deben ser cuidadosas y no estar “solas”, no deben caminar”solas”, no deben viajar “solas”, por miedo a que les pase algo. Nos sentimos secuestradas, al tener que trabajar el doble para ganar la mitad del sueldo, y al tener que hacer en casa un sin fin de tareas, que no sé en qué momento, quedan estipuladas como “nuestra responsabilidad”. Nos sentimos secuestradas, al tener que aguantar que nos digan “locas o histéricas” al terminar un día lleno de estrés en el trabajo laboral y/o doméstico.

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Y, es que, no nos damos cuenta, que también las mujeres somos las causantes de esta violencia de la que nosotras mismas somos víctimas. No nos damos cuenta, que criamos hombres de forma distinta a las mujeres. Que les enseñamos que ellos son hombres, y no tienen ni las mismas preocupaciones, ni las mismas responsabilidades que las mujeres. Criamos hombres lisiados emocionalmente que después formarán una “pareja”. Una pareja que no conecta, que no se responsabiliza de igual manera, porque nunca les enseñamos cómo.

“Una pareja, no muy pareja”, pues las responsabilidades de casa son implícitamente de las mujeres. Hoy día nos sentimos “fascinadas” porque las cosas han cambiado, han mejorado mucho según nos dicen nuestras abuelas, pues antes los hombres no hacían nada. Nos deberíamos sentir “afortunadas” porque ahora los hombres “cooperan”, porque lavan de vez en cuando los platos, porque alguna vez llevaron a sus hijas al ballet, porque lavan su ropa. Sin darse cuenta, que en casa hay mucho más que su ropa, porque también hay que lavar la ropa de los demás, y las toallas y sábanas que se comparten en casa.

Porque no basta con “ayudar” a barrer un día. Porque no es un una tarea de un día, o de una semana, ni se trata de “cooperar o ayudar”. Se trata de que la cosa es de los dos, o de los tres o de cuántos elementos tenga la familia. Y así seguimos fomentando y celebrando las parejas no muy parejas. Seguimos agradeciendo que “ayuden”, admitiendo así, de nuevo, que las tareas efectivamente siguen siendo nuestras.

 

Hoy, nos enternecemos cuando vemos a un Papá paseando y jugando con sus hijos. Atascamos de likes un video de un papá peinando a su hija en YouTube; y decimos, pero ¡mira qué tierno, qué buen papá! Sin darnos cuenta que con esto seguimos fomentando esa desigualdad. ¡No señor!, no es “qué tierno”, pues no nos enterneceríamos si supiéramos que las cosas son así, y que papá y mamá peinan a su hija por igual.

Pasó un día, o dos, o tres, o un mes y papá peinó a su hija, la llevó al ballet y le leyó un cuento por la noche, pero el resto del año lo hizo mamá. Al igual que cortó horas de trabajo para ir a la clase abierta, a la que papá le fue imposible acudir por tener una junta importantísima, al igual que corrió a las 8:00p.m. por toda la ciudad buscando una papelería abierta para comprar esa monografía que le pidieron a la niña en la escuela, al igual que la llevó al dentista, al doctor, al oculista, al terapeuta, le curó la rodilla lastimada, remendó su ropa, arregló su muñeca favorita y lavó, planchó, fregó, barrió, cocinó, lavó excusados, etc., etc., etc., el resto de los días, ¡de TODOS sus días!

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¡No señor!, no somos iguales, porque papá puede levantarse e irse a trabajar sin tener ninguna tarea entre esas dos acciones, mientras las tareas de mamá pueden ser más de 10 antes de que den las 8:00 a.m.

Y seguimos aquí, lamentando nuestras diferencias, y celebrando los pocos triunfos que hemos logrado a través de la historia y que no deberíamos ni celebrar, porque deberían ser iguales en primer lugar. Pero seguimos así, asumiendo nuestros “roles” pero eso sí, celebrando nuestro día, recibiendo las felicitaciones que justifican nuestra desigualdad. ¡Qué bonito día, ese en el que todos nos dicen lo lindas que somos, aunque no, no somos iguales!

 

¡No, lo siento!, hoy me niego a felicitar a las mujeres. Y no porque no las admire, no porque piense que no son unas chingonas, porque lo somos, eso y más. Pero mujeres, es hora de que despertemos y nos demos cuenta de que esta es la forma de seguir marcando nuestras diferencias. Nosotras no necesitamos un día en el que nos celebren y justifiquen lo maravillosas que somos por hacer ”todo” lo que se supone que debemos hacer. Necesitamos que todos y cada uno de nuestros días nuestras parejas sean parejas, que nuestros trabajos sean justos, que nuestro caminar sea seguro, que nuestra educación sea completa, que nuestros cuerpos sean nuestros.

Mujeres, criemos hombres iguales, sensibles, empáticos y participativos.

Hombres, si ya están grandecitos para que los sigan criando, mediten. Paren bien las orejas, abran bien los ojos y dense cuenta que sus mujeres (además de flores), necesitan participación e igualdad, pero de la de verdad. ¡Sean parejos!, no nada más para la foto de Facebook, la reunión escolar o la llamada con su mamá.

Mujeres, necesitamos sentirnos, libres, respetadas, seguras e iguales. Necesitamos dejar de criar a nuestros niños y niñas diferentes. Porque no será hasta ese día, que en verdad seamos todos iguales y las cosas sean en verdad parejas. Así podremos celebrar, todos en igualdad.

Así que no, por lo menos hoy, no celebro a las mujeres en el Día Internacional de la Mujer

 

 

¡Estoy enojado Papá!

Regresaste a casa después de muchos días de estar fuera. Cuando llegaste yo jugaba con mis carritos, pero estaba muy enojado.

Hoy tuve mi presentación de arte en la escuela. Mi maestra escogió mi dibujo para enseñarlo a todos los papás. Yo me sentía muy contento, pero al buscar entre el público solo vi a Mamá, como siempre. Pero ¡yo quería verte a tí Papá!. Me habías dicho que harías lo posible por estar, pero no llegaste. Quería enseñarte mi dibujo, quería que lo vieras y te sintieras orgulloso de mí.

La semana pasada también te perdiste mi clase de natación, y cuando se me cayó el diente. No supiste del día que tuve pesadillas y cuando me corté el dedito con el papel al tratar de hacerte un dibujo. Mamá siempre me consuela y me dice que regresarás pronto, pero yo estoy enojado porque que tú siempre ¡te pierdes todo!.

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Hoy me enojé con mamá en mi clase de arte, lloré mucho, y aunque quiso abrazarme yo no me dejé. Mas tarde, cuando llegaste a casa, yo seguía enojado. Quisiste llegar a abrazarme y a jugar conmigo. Siempre quieres jugar conmigo, y eso está muy bien, me gusta mucho. Pero también me gusta que seas mi Papá. Me gusta que sepas de mis ilusiones, de mis sueños, de mis miedos, de lo que sé y lo que quiero aprender. Quiero que estés conmigo en los momentos importantes. Tengo muchos amigos en la escuela Papá, no necesito un amiguito más para jugar, pero sí necesito a mi Papá.

Mamá dice que el tiempo pasa muy rápido, que pronto ya no querré dormir con ella, que pronto ya no me podrá cargar, ni vestir y que tendré que enfrentar la vida solito. Aprendo mucho de Mamá. Ella es tan fuerte y valiente, hace todo sola. Yo me pregunto si tú haces todo solo sin nosotros. Me pregunto si sabes eso del tiempo. Me pregunto si sabes que te estás perdiendo todo lo que ella dice, y si sabes lo triste que me pongo cuando no te veo. Me pregunto si es que tal vez no lo aprendiste de chiquito, eso de aprovechar el tiempo y de que todo pasa muy rápido. Tal vez no te lo enseñaron y por eso no lo sabes.

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Mamá dice que lo más importante es la familia, y que uno viene a este mundo a estar con las personas que quiere, que estamos aquí para ser felices, pero yo no le creo. Si eso fuera verdad tú estarías conmigo. Cuando te vas, dices que te vas por trabajo, pero lo que me enseñas con eso, es que el trabajo es más importante que yo. Cuando llegas, y solo quieres jugar conmigo y no me escuchas, me enseñas que mis sentimientos y pensamientos no son importantes, y que, lo mejor es solo jugar. Así, me haces reír sin realmente tomarme en cuenta, tan solo dejas pasar el tiempo hasta que tienes que irte de nuevo. Pero yo lo que quiero es que me conozcas Papá, que sepas quién soy y cómo me siento. Que me guíes y me hagas sentir seguro.

Hoy me enojé contigo Papá, porque llegaste sonriente y divertido sin saber lo que me había pasado. Me enojé cuando quisiste hacerme una broma sin considerar mis sentimientos, cuando quisiste abrazarme sin consolarme antes. Y entonces te enojaste conmigo, me dijiste que soy un niño berrinchudo y un mal criado. Que necesito mano dura, y que Mamá no me educa bien. Yo empecé a llorar, Mamá trató de defenderme, de explicarte lo que pasaba, pero le hablaste feo y te fuiste muy enojado. Tu siempre has dicho que los problemas hay que evitarlos, y que cuando alguien se enoja hay que ignorarlo.

Te fuiste de nuevo Papá y no viste mi dibujo, era sobre ti. Te pinte con muchos colores, te dibujé una sonrisa grande y estabas parado junto a mí tomando mi mano. Pero no lo viste, te fuiste de nuevo y yo me quedé sintiéndome solito sin tí.

Por la noche, después de tomar mi lechita, me acosté como siempre junto a Mamá. Ya no estaba enojado, ya solo me sentía triste. Entonces, me imaginé que ya era grande como tú. Me imaginé que era Papá como tú, y que tenía un hijo como yo. Le prometí, que yo no lo dejaré solito en su clase de natación o en su clase de arte. Me prometí, que cuando yo trabaje, será solo para poder estar más con mi familia y para ser felices, y que ningún trabajo será más importante que ninguna persona que yo ame. Me abracé de Mamá como todas las noches, y pensé, que tal vez cuando regreses ya estaré muy grande, y que tal vez, ya no querré abrazarme a tí.

 

Carla Gamboa

Marzo 2016

Marina (poema)

 

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“A Marina”/ Autor Ulises Gallegos / Técnica mixta

                  Niña de dos seres que se aman

                      tus rizos crecen en la esperanza,

                      niña de terzas manos y piel castaña,

                      niña de luna y de mañana.

                      Eres aroma de mar y brisa

                      danza de nubes, esencia de amores,

                      luz de vida de nuestras vidas

                      niña de luna y de mañana.

                      Niña de mar y de montaña

                      adivino tu rostro y tu mirada,

                      eres futuro por mí soñada

                      niña de luna y de mañana.

                      Un niño de ayer de sonrisa inquieta

                      camina caminos, escala montañas,

                      con brazos fuertes sueña en abrazarte,

                      niña de luna y de mañana.

                      Eres arrullo de dulce canto

                      canta la ola, canta la palma,

                      mamá te acuna en sus entrañas;

                      cuenta el tiempo, en el tiempo de tu llegada

                      niña de luna y de mañana,

                      niña de luna y de mañana.

Corazón Sánchez (Chichí)/ Abril 2008

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Marina

Dedicado a Carla Gamboa, en agradecimiento a su apoyo.

Me encanta ver cómo bailan, van y vienen suavecito. Me sorprende ver esas tiras pachonas de colores, que cuando te fijas bien, descubres que están hechas de muchas estrellitas, figuritas con líneas, círculos, formas de todo tipo. A veces, sin que mi mamá me vea, arranco uno y me hago un collar. A mi mamá no le gusta que corte los corales de su jardín, lo cuida mucho.

Yo creo que es el jardín más bonito de todo el océano, hace poco crecieron unos abanicos muy grandes, hechos por muchas varitas y cuando les dan los rayos de sol se ven más bonitos todavía, como que les salen los colores.

Me gusta que me lleven a jugar al parque, siempre hay muchas cosas qué ver. El otro día me encontré dos caballitos de mar amarillos. Tienen unas trompas muy grandes para su tamaño. Porque ellos son chiquitos. Casi siempre vienen de dos en dos. Les gusta amarrarse juntos con sus colas. Pelaban sus ojotes, no sé si los asusté. Pero como a esos les gusta quedarse quietos, me entretuve viendo una tortuga bebé que hacía travesuras y pasaba en medio de las bolas de peces, para descomponerles su formación. Esos peces tienen muy mal humor, hasta se les nota en la cara, son de esos que sonríen para abajo. Y ahí va otra vez la tortuguita a descomponerles todo y los cascarrabias a componer los huecos que les hace.

 

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“Sirena Joceline” por Laura Barocio/ Tinta y acuarela.

A arena, mi loba de mar, le gusta que le aviente una piedra y ella me la trae. Es muy curiosa, mete su cabezota dentro de las esponjas y asusta a los peces chicos que descansan ahí. Las parejitas hasta se enojan con ella. El otro día se llevó un buen jalón de bigotes. Las esponjas me gustan mucho, las hay de todas formas, unas delgadas, con hoyitos, otras anchas y chaparras, como cazuelas. Están forradas de unos pelitos suaves, son como de terciopelo y hay amarillas, rojas, moradas, bueno, de muchos colores.

 

Pegados a los piedras hay unos arbolitos, como cepillos de biberones, de muchísimos colores, me gusta verlos, pero cuando me acerco mucho, desaparecen, tal cual, se meten en su hoyito y ya no salen en un buen rato. Buscar animalitos entre las piedras es lo más divertido, puedes encontrar camarones diminutos de rayas blancas con rojo. Pegados a la arena están los cangrejos, que pueden ser de muchos tamaños, pero eso sí, todos tienen pinzas y hay que cuidarse de que no le prensen a una el dedo. Claro que si de pinzas hablamos, las langostas se pintan solas y tienen unas antenas enormes, con las que se dan cuenta si hay peligro, o si pueden salir de sus escondites. No son muy listas, porque yo doy con ellas justo por sus antenotas.

 

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“Sirena” por Laura Barocio/ Tinta y acuarela

 

Regresando a la casa le pedí a mi mamá que me hiciera dos trenzas. A ella le gusta dejarme el pelo suelto, pero se me enreda mucho entre las algas, ya de por sí buenos raspones me hago en la aleta cuando estoy jugando, como para además andar jaloneándome el pelo. La verdad es que a mí me gustaría que me lo cortaran, pero mi mamá dice que las sirenas chicas nos vemos mejor así, que ya cuando sea sirena señora entonces sí lo usaré corto. Yo le hago caso.

 

Estela Almendaro

Junio 2015

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¡Silencio!

¡Silencio todo el mundo!, pidió Paco-, déjenme que quiero escuchar la voz perdida, la voz que en la Ciudad no conocía. Quiero escuchar a las mariposas y a los árboles que me prestan el tiempo de vida.

¡Silencio! que es verdad lo que digo, pues sin el aire no respiro. Es un día dichoso, lleno de felicidad y es mío.

¡Silencio! que mis oídos se convierten en ruido viviendo en la Ciudad más gigante, entre gente entumecida.

Pero, ¿por qué no nos vamos ya? preguntó Pablo-. ¿No es cierto que nos gusta la Ciudad, la intranquilidad, que nos da miedo la incertidumbre, que no sabemos vivir en el frío? Que, ¿necesitamos el confort, lo cómodo, lo conocido?

¡Silencio! repitió Paco, mejor guarda silencio hermano. Déjame escuchar el canto de las ranas, hace tanto tiempo que solamente escuchaba motores y ahora veo flores en mi camino. En la Ciudad solo tenemos ausencia de silencio, es una agonía que me nubla los momentos vividos, que me pone la piel áspera y despierta mis delirios. Que calienta la sangre hasta que hacerla hervir, entume la cabeza y mata los sentidos.

Ve aquella vaca que pasta en la verde frescura, y el monumental fresno que con sus ramas nos cobija. Escucha el canto del río y observa el baile de los árboles al paso del viento. Estamos vivos hermano, ¡estamos vivos!

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Pero-dijo Pablo- yo no me hago a un lado. Mejor guardo silencio que por más que quiera la Ciudad no la dejo, es cierto que estamos encadenados y estamos tan presos, acostumbrados a vivir como reos, pero no puedo con el ansia. Es mejor vivir callado, apretado, que enfrentar mis miedos.

Pero, ¿entonces, qué pasa Paco?,- preguntó Pablo, consternado- ¿qué piensas, qué hacemos? ¡Tengo miedo!

Pienso, que por lo menos a mí, el campo me espera, pues en la Ciudad me muero. Pienso hermano, que hay que enfrentar al lobo del miedo, pues solo se alimenta de nuestros pensamientos.

 

Carla Gamboa/ 2004